Con los sueños rotos es complicado vivir los sueños deseados, pero últimamente, y esto es una paradoja como otra cualquiera, las cosas que me pasan son tan irreales que parecen recuerdos oníricos en lugar de vivencias… Según pasan los años de mi existencia los momentos más bonitos se quedan estancados y se resisten a salir, y el presente me aturde, porque no tiene sentido y va demasiado deprisa para controlarlo.
Tengo recuerdos de tiempos mejores, dulces, tranquilos y serenos, que nublan la seguridad a la que me agarro en estos meses que llamo de transición, más por la manía que tenemos de darle nombre a todo que por que sea o no una transición. En el fondo no hay transición si no hay un cambio futuro, y yo no viajo hacia ningún cambio, simplemente camino sin rumbo esperando que algo o alguien me haga una señal y yo sepa descifrarla, o quiera hacerlo, que estoy bastante alelada, y lo peor es que creo que es adrede.
Y a pesar de los imposibles que me han dado instantes de felicidad rápidamente robada en esta etapa de transición, no sé si tengo el sentido común para ordenarlos, no sé si hay calor dentro de mí para que pueda sentirme bien con las historias que me ocurren de un tiempo a esta parte, y las doy la vuelta para mandarlas del cielo al infierno.
Estoy congelada, y el frío me llega a los huesos pero no me hace temblar, me mantiene inerte y sin sentimientos. Dejo pasar la vida entre emociones y recuerdos de lo que nunca será. La Reina de las Nieves me ha secuestrado en su castillo de hielo y no puedo escapar. Me invade el síndrome de Estocolmo y me encuentro cómoda, y hasta feliz, con la ausencia de sensaciones y de ilusiones…